Puebla sin anuncios

En este espacio propongo algo sencillo: quitar todos los anuncios, toda la publicidad de las calles de Puebla.

Alrededor de esta propuesta hay una idea de ciudad, de lo que quisiera que fuera esta ciudad en la que nací y vivo. Estoy recabando textos, ideas e imágenes para pensar con otros la ciudad. Lo que debiera ser una ciudad. Lo que queremos que sea Puebla y lo que no queremos para ella.

Hay mucho qué decir, anímate: decirlo ya es hacerlo real.


Escribe tus comentarios directamente en cada texto del blog.

Si tienes un texto que quisieras publicar en el blog mándamelo y lo subo de inmediato. Sólo que de plano a mi juicio no venga al caso no lo subiré. De otra manera aquí lo verás, digas lo que digas.



Si quieres comunicarte directamente conmigo mi dirección de correo es escalera@profetica.com.mx


José Luis Escalera



No hay anuncios en Sao Paulo, Brasil

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miércoles, 26 de diciembre de 2007

No es lo mismo que lo mesmo

"Las recientes investigaciones neurológicas han reconocido la importancia de la percepción visual para la formación de la identidad del ser humano en su contexto. Permanentemente, el cerebro configura mapas cognitivos de la conciencia espacial. De entre las cien mil millones de neuronas del cerebro humano, una mayoría procesa imágenes y solo una minoría maneja los procesos abstractos como las operaciones matemáticas o la configuración lógica del lenguaje. Por ello la escenografía urbana, con sus complejos imaginarios, no es algo decorativo, interesante sólo para los historiadores del arte, sino es una fuente nutricia de la conciencia.
Existe una relación cercana y compleja entre el estímulo visual y la formulación de una postura ética"
Peter Krieger, en Percibir, comprender y aprovechar los imaginarios de la Megaciudad de México. Epílogo de Citámbulos, guía de asombros de la Ciudad de México.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

El consumo como aglutinante social casi único

Los anuncios espectaculares materializan en el paisaje poblano la infraestructura mental del capitalismo como cultura dominante del planeta. La antigua idea de ciudad como espacio educativo formador de ciudadanos se ha reducido al espacio común de una colectividad de individuos autónomos cuyo casi único enlace es el consumismo.

martes, 18 de diciembre de 2007

Las manzanas de La Paz

















Si se trata de poner algunas piezas de arte en el camellón, ¿por qué convertirlas en anuncios?

Es burdo y de mal gusto encargarle a un artista (¿quién es por cierto?) unas piezas artísticas que al mismo tiempo intentan convencernos de leer El Sol de Puebla, comprar un Volvo o ver los grandes programas que pasan por TV Azteca.

Además muchas de ellas están mal ubicadas: bloquean el paso de los peatones que cruzan la calle, obligándolos a pisar el pasto, de por sí ya muy pisado y lastimado por falta de riego y porque todo mundo lo pisa.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Sigo con Berger

Toda publicidad actúa sobre la ansiedad. Todo se cifra en el dinero, en hacer dinero para superar la ansiedad. La ansiedad básica con que juega la publicidad es el temor de que, al no tener nada, no eres nada.
John Berger, Modos de ver, Editorial Gustavo Gili, Barcelona

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Balcones en esquina





Las casas con balcón en esquina son raras y Puebla se diferenció por tener muchas en alguna época. Ahora quedan pocas casas que los tengan, entre ellas una en la esquina de la 3 sur (que se llamaba Zárate antes de que nos quisiéramos parecer a Nueva York) con la 7 poniente (Siempreviva). Preciosa la casa y con buenos recuerdos para el bloguero: ahí pasó buenas tardes preparatorianas comiendo caracoles panteoneros preparados por Petronio, gordazo simpático y futbolero, que los hacía deliciosos. Las cubas libres, los cuates y la irresponsabilidad de los 18 años ciertamente los hacían mejores, al menos en el recuerdo.
Pues bien, en esta casa acaban de poner uno de eos supers que están quebrando a las tienditas de esquina de toda la vida, lo cual ya de por sí es una fregadera, pero además en éste caso tuvieron la brillante idea de poner sobre el muro de piedra unos letreritos anunciando el nombre de la tienda: "Super ola" Son insulto al buen gusto. El bloguero intentó mantener una conversación telefónica con una persona de imagen urbana del ayuntamiento que la verdad prefiere olvidar. Tiemblo de miedo cuando recuerdo las respuestas y la actitud y la idea de ciudad del responsable de la imagen pública de la ciudad de Puebla, nunca mejor llamada heroica.

Es heroico aguantar el mal gusto y la mala leche de algunos poblanos.

martes, 4 de diciembre de 2007

!!Uno menos¡¡


Anuncio espectacular que ya no se ve en Puebla.

Salgo temprano de la casa, voy por la calle rumbo al trabajo: una grúa enorme maniobra sobre un altísimo espectacular junto al Boulevard Atlixco, me quedo pasmado: lo están haciendo más alto?
No lo puedo creer pero es verdad: !lo están quitando¡

¿El Ayuntamiento está haciendo su trabajo?
¿Los poblanos están recapacitando?
¿"Puebla sin anuncios" ya convenció a alguien en esta ciudad?

No soy tan optimista, la verdad. Pero debo confesar que estoy feliz de ver un anuncio menos.

Que sea el primero de muchos, de todos.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Más de Berger

El propósito de la publicidad es que el espectador se sienta marginalmente insatisfecho con su modo de vida presente. No con el modo de vida de la sociedad sino con el suyo dentro de esa sociedad. La publicidad le sugiere que, si compra lo que se le ofrece, su vida mejorará. Le ofrece una alternativa mejorada a lo que ya es. La publicidad está dirigida a los que constituyen el mercado, el espectador- comprador que es también el consumidor -productor del que se extrae un doble beneficio: primero como obrero, y después como comprador.
Los únicos lugares relativamente libres de la publicidad son los barrios de los muy ricos; su dinero ha de seguir siendo suyo.



John Berger, Modos de ver, Editorial Gustavo Gili, Barcelona

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Gusto

"Es cuestión de gusto", me dijo Gianni. Platicábamos de los anuncios en las calles, y sentí pereza al sospechar que entraba de nuevo al laberinto de las subjetividades: "a mí me gustan, pero respeto que a tí no" o algo por el estilo.

Yo no estaba entendiendo nada. Hasta que escuché a Gianni otra vez: "Es cuestión de gusto, y el gusto se mama y se educa"

Gianni, que creció con Bernini como yo crecí con Chucho Corro, sabe de lo que habla y también sabe que los anuncios son horribles.

"No es bello lo que me gusta, es bello lo que es bello" es mi traducción de un refrán romano que repite varias veces durante la plática.

Dice la RAE del gusto: "facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo".

Ahí está. Chucho Corro nos atrofió el gusto.

¿O fueron los murales de Rivera?

¿Las fotos de Raúl Gil?

La pregunta está abierta, el bloguero y algún improbable lector esperamos tus respuestas.

jueves, 25 de octubre de 2007

Posmodernidad, la llaman

Dulces ríos que trepidan indómitos
camino al mar.

Secas montañas frente a valles exangües.
Tierra reseca, ya sin brazos.

Siembra de hambre, de ignorancia,
cosecha de odio y de violencia.

Lo hemos perdido
casi todo:
agua, tierra, aire.

Nos queda,
si mucho,
el fuego.



Jaime Augusto Shelley

Salir del atraso



El bloguero está obligado a confesar que no vió ni escuchó el debate de candidatos a la alcaldía, pero al leer los periódicos y escuchar los noticiarios de radio que dieron cuenta del "portentoso ejercicio democrático" de la noche del martes pasado no ha dejado de sorprenderle la frecuencia con la que se habla del atraso en el que está Puebla, y la "necesidad urgente" de sacarla de ahí. "Hay que sacar a Puebla del atraso en el que está", citan los medios a los candidatos.

Habrá que ver lo que se entiende por atraso y lo que se entiende por avance.

El bloguero recuerda una conversación muy vieja cuando en Puebla solamente había dos semáforos: 13 sur y La Paz, 25 sur y La Paz. Se hablaba entonces de instalar semáforos en no sé cuántas esquinas, muchas. Y a éso se le llamó progreso. "Es un avance", recuerdo haber escuchado, desconfiado.

Si ya vimos que más coches no son un avance, son una friega, me temo que ahora haya quien piense que más anuncios sí lo son. Y que por lo tanto este es un blog "retrógrado", que va en contra del avance. Un blog romántico, "ecologista", "idealista" e impráctico porque va en contra del incontenible y necesario "progreso".

El bloguero se confiesa partidario de lemas como "menos es más" y otros afines. Menos coches, menos ruido, menos anuncios.
La suma de sustracciones dará como resultado más belleza, más paz, más vida, más tiempo.
De todo éso el bloguero quiere más, mucho más.

martes, 23 de octubre de 2007

Mensaje de Virginia

Con la autorización de la autora -quien por modestia solicitó la omisión de su apellido y correo electrónico- , el bloguero transcribe en esta entrada un mensaje recibido ayer.

Ya somos dos. ¿No que no podemos ponernos de acuerdo los mexicanos?


"Ví el artículo en e-consulta, me parece una idea fabulosa, estamos muy contaminados por macro anuncios.

Siento que me aplastan insistiendo en que compre tal o cual artículo y mi reacción es no compro, no compro, no compro.

¿Ha contado usted el número de anuncios de Porcelanite sobre la 25 Poniente?

Todo es un negocio, los que rentan un pedazo de azotea o de patio para poner los anuncios, las bardas, etc.

Disfruto mucho salir a carretera, para ver el paisaje sin anuncios.

En los cruceros de Plaza Dorada hay muchísimos anuncios que distraen a los automovilistas y los anuncios electrónicos que van cambiando de noticias también distraen a los automovilistas.

En la mayoría de los OXXOs ponen un foco muy potente, pero lo dirigen a los automovilistas en lugar de dirigirlo a su tienda, siento que también es peligroso porque deslumbran a los automovilistas, independientemente de su macro anuncio.

Y en los postes siempre hay anuncios de eventos y en esta época preelectoral están llenos de caritas de candidatos, dan ganas de votar por el que menos contamine la vista.

Y nos faltan los adornos navideños, imagínese usted!

Ojalá algo se pueda hacer por conservar una imagen agradable de nuestra ciudad.

Atentamente

Virginia"

lunes, 22 de octubre de 2007



Quitar los anuncios, todos los anuncios.

El bloguero se pregunta si no estará exagerando con tamaña desmesura. Sobre todo al recibir comentarios que defienden los anuncios en las calles diciendo que sin ellos "la horrible ciudad se verá más horrible, sin nada que oculte su fealdad".
En serio, me lo han dicho. "Gustarme no me gustan pero al menos ves chavas guapas o coches chidos en lugar de una casucha fea o una barda o poste sin ningún chiste". No sé qué responder.

¿Cómo se verá Puebla sin anuncios? Se antoja probar. El centro mejoró mucho cuando los quitaron; hoy en día no se entendería el centro de Puebla con anuncios como los que había. Me acuerdo de uno enorme, de la Corona, sobre uno de los portales; tapaba la Catedral. Bendita UNESCO. Claro que no es lo mismo el centro de Puebla que la llamada "zona de Angelópolis", oficialmente "Reserva territorial Atlixcayotl" :engendro de engendros. Pequeño catálogo de lo que no se debe hacer, urbanísticamente hablando. Estoy seguro que en cuanto la descubran, las cátedras de urbanismo de buenas universidades en todo el mundo harán viajes de estudio desde lejanos paises y los investigadores del tema le dedicarán capítulos de libros especializados. El viaje les redituaría, pues aparte de conocer la zona Angelópolis podrían darse una vuelta por la 31 poniente, calzada Zavaleta, el circuito JPII (alguien le puso "la milla de oro", ¿en qué estaría pensando?), el Boulevard Norte, la avenida de las torres, el boulevard Valsequillo. Todas avenidas construidas en los últimos años. Todas sin áreas verdes, sin instalaciones subterráneas, sin equipamiento básico. Sin idea de ciudad. Todas llenas de anuncios.

sábado, 13 de octubre de 2007

La Avenida de La Paz



Mejor conocida como la Juárez. El bloguero prefiere el nombre viejo. Sin conotaciones ideológicas, en verdad es pura nostalgia. El Benemérito se merece todas las calles y colonias y primarias y secundarias que llevan su nombre. Faltaba más. Solo que a mi me gusta que los nombres de las calles permanezcan; sobran próceres que recordar con las calles nuevas. Con decir que extraño la Maximino.

Pero con La Paz lo interesante no es tanto el nombre sino lo que ha estado pasando en los últimos meses discreta y cuidadosamente por obra y gracia del Ayuntamiento actual, el de Doger.

Es difícil registrarlo con una cámara porque no se ve: todo el cablerío lo enterraron. Cables de luz, teléfono y TV. Todo por abajo.
Y lo que no se ve, se ve. Paradoja que tiene feliz y esperanzado a este bloguero que no se amarga aunque no le faltan razones. Lo que no está se ve. Y cómo ha mejorado La Paz con lo que ya no se ve en ella.

Y ahora, para colmo de gusto, unas bellísimas luminarias, bien diseñadas, bien hechas, funcionales. Felicidades y larga vida pública a quien las eligió.

Le falta mucho a La Paz. Que dejen de confundir las palmeras con árboles de navidad y entonces les quiten los foquitos. Quitar todos los anuncios. Regular estricta y sensatamente las señales de los negocios y comercios instalados en la zona. Arreglar los jardines de los camellones, que además son tres, el central y uno por cada carril: lujo porfiriano que no se ha vuelto a repetir en ninguna de las múltiples nuevas avenidas, a las que ya ni camellones les ponen. Sembrar más árboles,cortar el pasto, quitar los ecucaliptos y regresar a las palmeras y fresnos. Muchas cosas faltan. Pero este avance es importante y hay que señalarlo y festejarlo. Salud.

viernes, 12 de octubre de 2007

"Cacarear el huevo"



Los poblanos somos faroles, éso ya se sabe. Entonces cuando el Ayuntamiento o el Gobierno del Estado o la Coparmex o quien sea va a hacer algo lo anuncia: "Aquí vamos a tapar un bache"
Cuando la cuadrilla de tapabaches se afana en su trabajo, otro anuncio lo proclama: "Estamos tapando baches".
"En la presente administración hemos tapado más de un millón de baches" dirá otro anuncio distrayéndonos para caer en otro bache que inicia la cuenta para el segundo millón.

Da igual que se trate de los baches o de la remodelación de la fuente de la China Poblana, la queja del bloguero es que se anuncie, que se presuma todo a costa de la ciudad: ¿nadie les dice que nos damos cuenta de lo que hacen y de lo que dejan de hacer sin necesidad de láminas a mitad de los jardines?

Si Puebla es mi hogar no lo quiero con anuncios.
No me imagino la sala de mi casa con un letrero en la entrada: "Lúcete, la silla la compró mamá. Juntos es posible"

jueves, 11 de octubre de 2007

Ir a Disney World y arrojar ácido contra el ratoncito no es revolucionario; ir a Disney World sabiendo perfectamente lo ridículo y nocivo que es y aún así divertirse con inocencia, de una manera inconsciente y hasta psicótica es algo distinto. Esto es lo que Michel de Certeau llama "el arte de la via media", y parece ser la única manera de acceder a un cierto nivel de libertad en la cultura actual. Un punto medio: divertirnos -si esto es posible- con Adal Ramones, con el "Rostros", con Pati Chapoy, pero no sucumbir nunca al supuesto "atractivo" o "glamour" de estas cosas.



"En mi vida privada siento pasión por el paisaje, pero nunca he visto que los carteles embellecieran ninguno. Cuando todo alrededor es bello, el hombre muestra su rostro más vil al colocar un anuncio publicitario. Cuando me jubile de Madison Avenue
voy a fundar una sociedad secreta de enmascarados que viajarán por todo el mundo en motocicletas silenciosas destruyendo todos los carteles bajo la luz de la luna. ¿Cuántos tribunales nos condenarán cuando nos sorprendan realizando estos actos a favor del ciudadano?"


David Ogilvy, fundador de la agencia publicitaria estadounidense Ogilvy & Mather en "Confessions of an Advertising Man", citado por Naomi Klein en "No Logo"

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La banqueta también sirve de garage






Vacío de autoridad se llama. Negligencia y corrupción también. ¿Las tres juntas? Sí, creo que autoridades ausentes, corruptas y negligentes explican en buena medida el caos que impera en la Heróica Puebla de Zaragoza y de los Ángeles.


El bloguero pensaba que el transporte público (eufemismo con el que en Puebla se denomina en ciertos círculos cultos a las combis y micros), el comercio ambulante y otros fenómenos urbanos contemporáneos habían inventado todas las maneras de aprovechar este vacío negligente y corrupto hasta que descubrió esta flamante cochera construida a media banqueta: bien vista, es una importante y novedosa aportación poblana al urbanismo mundial.


Como la casa no tiene cochera, al dueño del coche y ahora de la cochera se le hizo fácil construirla ahí en la calle que es suya pero -esto parece no importarle mucho- es también de todos.


Acaba de hacerlo hace muy pocos días, con piso de piedra fijada con cemento y malla ciclónica nueva, bien anclada, a la medida de su auto. Si le gasta su dinerito a la cochera de seguro sabe que no hay autoridad que le pida cuentas, que lo multe y lo olbigue a retirarla de un espacio que no le pertenece. Y si la autoridad aparece, enérgica, supongo que se podrán arreglar; total, ¿a quién le afecta una banqueta obstruida? Una raya más al tigre no se nota.


De seguro no me sorprenderé cuando en unas semanas éste poblano ingenioso rente su cochera a un exitoso empresario que instalará unas vallas con publicidad y así hasta una rentita mensual producirá tan estético invento.
Bien por él.



lunes, 24 de septiembre de 2007

Los anuncios espectaculares sirven para esconder la ciudad

Según Villoro, esta es una de las "peculiaridades" que distinguen a los mexicanos.

Lo que el bloguero puede decir al respecto es que la cantidad de comentarios que ha escuchado desde la aparición de Puebla sin anuncios justificando los anuncios porque "tapan los tinacos, las casas feas, la mugre" ha sido sorprendentemente alta.

¿Tendrá razón Villoro?

domingo, 23 de septiembre de 2007

El nuevo siglo mexicano

Juan Villoro


Corre el rumor de que este siglo traerá muchas novedades. Sin embargo, por razones difíciles de precisar, parece que México seguirá poblado de mexicanos.

Aunque el futuro ponga más anuncios en el periférico y más aparatos en Mega-Electra, es difícil que cambiemos de carácter.

En su granítica esencia, el mexicano desafía a quienes creen que el genoma humano es modificable. ¿Cómo alterar a un pueblo que nunca se ha dejado influir por la evidencia?

Los mexicanos creemos que:

a) La piedra pómez es un instrumento de limpieza.
b) Recibir toques eléctricos divierte.
c) Las sábanas no deben cubrir toda la cama.
d) La arquitectura es el arte de sostener tinacos.
e) El picante saca gotas de sudor en la coronilla porque es sabroso.
f) Las corcholatas son rondanas.
g) Lo dulce califica como "postre" si produce un shock diabético.
h) Una lonchería se decora con dos televisiones encendidas.
i) Los anuncios espectaculares sirven para esconder la ciudad.
j) Al romper algo hay que decir "se descompuso".
k) Un viajero sólo entiende que ya llegó si lo reciben cinco parientes juntos.
l) El maquillaje es una rama de la pintura al óleo.
m) Los semáforos sugieren algo abominable.
n) Para insultar con educación hay que empezar diciendo: "con todo respeto..."
o) El tequila es un elíxir para entrenar cantantes.
p) El cine se inventó para estimular conversaciones que no tienen que ver con la película.
q) Un autobús es cómodo si exhibe películas de karate.
r) Las vulcanizadoras son centros recreativos para perros.
s) El forro de hule no sirve para proteger a un sofá sino para adornarlo.
t) Mil nadadores caben en una alberca olímpica.
u) Un buen caramelo demuestra que los dientes son prescindibles.
v) El destino nos debe una.
w) Somos lo máximo.

Ni los embates del tiempo ni las influencias extranjeras han logrado incidir en nuestra caprichosa forma de ser. Resultaría simplista afirmar que estamos conformes con nuestra personalidad. El autoescarnio es uno de nuestros sellos (hacer algo "a la mexicana" o "a valor mexicano" nunca es positivo) y nuestra alegría suele depender del nerviosismo: la risa nos gana en situaciones muy comprometedoras.

Una nación que sabe sonreír en los naufragios está bien equipada para recibir el siglo XXI.

Aunque aún no dominamos la ciencia de revisar los frenos de los microbuses, ni la más importante de revisar a los choferes, sería raro que nos atropelláramos hasta el exterminio.
Hay mexicanos para rato. Aunque destacamos en actividades que demandan soledad y sufrimiento (la caminata, las carreras de fondo, el box, la literatura, el canto a capella mientras se lava la ropa), seguiremos buscando el jolgorio colectivo. Nada impedirá que nos empeñemos en cantar a coro "En el tren de la ausencia me voy..." hasta que una reacia estrofa obligue a decir:

­Mejor una que nos sepamos todos.

El canto espontáneo y omnipresente será el nuevo vínculo tribal de los mexicanos. El siglo XXI será estruendoso o no será. Los exaltados monaguillos y los trémulos protagonistas del Teletón, los electricistas canoros en lo alto de sus postes y los lecheros que silban con barroco afán, los choferes de triple claxon y los cilindreros que entristecen las plazas, todos contribuirán a que la realidad alcance el estruendo que preconiza nuestro himno. Un país de entusiastas no necesariamente afinados, que cantará sus penas con descaro. El narcotráfico se consolidará como el más musical de los actos delictivos y la onda grupera tendrá nuevos evangelistas de las avionetas que llevan droga. Los restaurantes amenizarán sus domingos con órganos melódicos o estudiantinas.

Evoco esta patria musical en mi última columna de "Domingo breve". El nuevo siglo invita a tomar otros trenes. Sin embargo, a diferencia de lo que afirma la canción, espero que el mío sí tenga regreso.


"Domingo breve", publicado en La Jornada Semanal el 2 de enero de 2000.

Mazarick, Palmas: somos provincianos pero viajamos poco y no muy lejos



El estruendo visual de los anuncios en las calles es como cuando estamos con mucha gente en el mismo cuarto platicando: sin darnos cuenta subimos el volumen hasta que nadie escucha a nadie, a pesar de que todos estamos hablando muy alto.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Muebles "El canario"

El bloguero no encontraba por ninguna de las múltiples librerías de la ciudad -si pudiera darse una vuelta por Puebla don Pedro Henríquez Ureña !qué grata sorpresa se llevaría¡- el libro de Felisberto Hernández que contuviera el cuento Muebles "El canario", hasta que en Profética se dió el feliz encuentro. El bloguero agradece a Op Oloop la atinada sugerencia y pide disculpas a los lectores por la publicidad encubierta.



Muebles "El canario"
Felisberto Hernández


La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor…
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir “es de usted” ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:
-¡Ah¡, lo voy a lastimar…quieto un…
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles “El Canario”. Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: “No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda”. Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora “El canario”… hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones… etc. , etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidía esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles “El canario”. Y de pronto dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango…
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé en comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de ponto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible- le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas “El canario”. Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco ¡
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada “Mi sillón querido” soneto compuesto especialmente para los muebles “El Canario”.
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo la cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:
-Venga el peso-. Y después que se lo di agregó:
-Dése un baño de pies bien caliente.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Ya lo dijo Creel: el que no tenga culpa que arroje la primera piedra

El juguero se apropia del jardín y el permisionario del árbol donde cuelga el reloj que asigna el ganador de las carreritas del día: ambos usurpan así un bien público en aras de su interés privado.
Por ahí va este tema de los anuncios.




La basura la ponemos todos: desde los ricos y poderosos hasta el legendario, heróico y por tantos motivos respetable Teatro Principal.








Igual el grande que el chiquito (casi)



Este pequeño anuncio, insignificante. Un papelito pegado con diurex a un poste de alumbrado en la 7 poniente.
El Lic. Freddy ofrece $1,400.00 a la semana por un trabajo de medio tiempo, sin experiencia; contrata de inmediato. Por supuesto nadie le cree, pero los reparte enjundioso por la ciudad y algún optimista se acerca, hace el trabajo requerido, renuncia al cabo de unas semanas enojado porque nunca le cumplieron la paga ofrecida.

Pero ésas historias no son el tema de Puebla sin anuncios; aquí consigno que para ensuciar la ciudad con anuncios todos somos buenos: las oficinas de comunicación social de los gobiernos ( federal, estatal y municipal: los tres niveles, como dicen que se dice) podrán hacer más daño, pero en el fondo su actitud es la misma que la del Lic. Freddy: los demás me valen, los postes son para éso, los jardines y el cielo también. Lo que me importa es que yo pueda decir lo que quiero decir, y todos los demás se amuelan.

De mal en peor

Así se veía la semana pasada la fuente dedicada a la fundación de Puebla en el Paseo Bravo.

Hhoy 20 de septiembre así no se ve la fuente.



A un carácter optimista como el mío le cuesta trabajo aceptar que las cosas no sólo pueden empeorar, sino que empeoran.


Es el caso de este fuente ahora ya totalmente oculta y de la que hablé en este espacio hace unos días; ahora luce así con la preciosa lona que acaban de ponerle.


Así ha ido sucediendo con Puebla poco a poco: un anuncio por acá, otro por allá: no importa, decimos, se ven horribles pero todo lo demás está limpio. Al paso de unos pocos años ya no es así. Los niveles de contaminación visual son escandalosos. La ciudad se ve mal, sucia, impresentable.

Es como la historia del sapo que queremos hervir: si lo echamos a la olla llena de agua hirviendo, pega un salto que lo pone fuera de la olla y de nuestro alcance; si lo ponemos en la olla con agua fría y ésta la vamos calentando poco a poco, cuando se de cuenta que lo estamos hirviendo ya no puede saltar y muere. No sé si ahogado o quemado, pero se muere.

Igual con Puebla: no sabemos si es fea porque está llena de anuncios o está llena de anuncios porque es fea. El caso es que sigue fea. Con tal que le cantemos que es chula se aguanta, al parecer, la pobre.













martes, 18 de septiembre de 2007

Jenny Holzer, "Truisms"



No lo entendemos cuando niños; de adultos, menos.

Podría ser el anti slogan más peligroso para los amos de la publicidad y la mercadotecnia.

Si tan sólo pudiéramos distinguir entre el deseo y el vacío.

Si tan sólo dejáramos de intentar llenar el vacío comprando cosas.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Que la belleza nos acompañe

Por Angeles Mastretta

¿La llamamos Puebla de los Angeles o Puebla de Zaragoza? No sé. Hasta en eso somos caprichosos y ambivalentes respecto de nuestra ciudad.
La llamamos según vamos queriendo.
Yo que soy más drásticamente laica y liberal que don Benito Juárez, creo que el general Zaragoza cumplió su deber con heroísmo y, por fascinante que me parezca la leyenda, no creo que los ángeles trazaron las calles de nuestra ciudad. Sin embargo, creo que primero en tiempo es primero en derecho y que esta ciudad se llamaba “Puebla de los Angeles” cuando el benemérito Zaragoza nos hizo favor de defenderla, sin pedir nada a cambio, cumpliendo su deber sin la pretensión de ganarse un lugar en la lista de nombres encimados que llevan los lugares por los que pasa nuestra historia.
Mal no sólo de aquí, sino del tiempo y de otros sitios. Nombres tan raros como San Andrés Chalchicomula o la calle de Niño Perdido, se han quedado en el aire a cambio de nombres como Ciudad Serdán y el Eje Lázaro Cárdenas. Como si no hubiera horizontes sin nombre a los que dar los nombres de nuestros nuevos mitos, nuevas leyendas, nuevos próceres.
“Puebla de los Angeles” la llamaron quienes tuvieron la ilusión de fundarla, quienes bajo el espíritu aventurero y valiente del Renacimiento, creyeron en la belleza de este valle, en la docilidad de su agua, en la maravilla de sus montañas; quienes quisieron cobijar aquí sus vidas y las de sus hijos, su idea del mundo, su música, su sofisticado conocimiento arquitectónico, sus emociones y la herencia del mejor occidente que haya existido: el que aceptó y bendijo la mezcla de las razas más distintas como parte y esencia de la suya.
Así las cosas qué más da el apellido que le pongamos a nuestra ciudad, qué más da la filiación que le va y le viene según el ánimo de quienes la gobiernan y quienes la viven. Nuestra ciudad tiene un nombre sonoro, hecho con un diptongo, tres vocales y tres consonantes. Hermoso nombre: Puebla.
Qué más da si es de los ángeles o es de Zaragoza o es de cualquier otra leyenda a la que nuestro ánimo quiera acogerse. Lo importante es saber qué tanto nos da, qué tanto nos importa nuestra ciudad: Puebla.
Yo digo que tengo reverencia por este lugar.
Tanta pasión y reverencia como tienen ustedes y muchos otros.
Tengo también, como tantos, a la hora de la hora, a la hora de defenderla, a la hora de cuidar su calles y sus árboles, la paz entre su gente, el silencio de su noche y el aire limpio de sus madrugadas: tengo miedo, tengo flojera, tengo ausencia y dejadez y falta de tiempo y ganas de no pelearme y encierro en mis pequeñas cosas y olvido.
¿Razones para celebrar? ¿Qué celebramos?
“En 475 años hasta los ángeles cambiaron”, dice la invitación que nos trajo el día de hoy, aquí. Me pregunto si cambiaron para bien. Se los pregunto, creo que conviene preguntárnoslo.
Todo poblano debe considerarse bien nacido porque nació en esta ciudad azul, de talavera, que un día fue clara, y siempre es generosa, porque sigue abrigándonos a pesar de la terquedad con que nos empeñamos en lastimarla. No hemos cuidado bien lo nuestro. ¿Para qué presumimos?
Hace quién sabe cuánto tiempo que no tenemos vergüenza, ni suficiente amor como para no dividirnos entre ángeles y Zaragozas las culpas y los desastres, los bienes y parabienes que hacemos con la estirpe de nuestra ciudad. Y no conseguimos ponernos de acuerdo.
Desconozco si los fundadores estaban de acuerdo en todo lo que hacían, es probable que no, pero sé que lograron acordar lo que hemos olvidado nosotros: la gran idea renacentista de que en esta ciudad ni los extraños pudieran perderse porque su perfecta cuadrícula dividía las calles en las del norte, las del sur, las del este y las del oeste. Eso les quedó bien. Ahora hasta en eso tenemos un caos. Cada fraccionamiento es una encrucijada de nombres redondos y destinos indescifrables. Lo transitan autobuses, taxis y automóviles de cualquier ralea, en un desorden y haciendo un ruido que haría palidecer del miedo al mismísimo Alonso Martín Partidor y a cualquiera de los otros fundadores nuestros.
Las siete condiciones de la ciudad ideal de Platón estuvieron entre los sueños y en mucho de lo que hicieron realidad quienes fundaron Puebla.
También fue una idea sabia fundar la ciudad cerca del río. Casi todas las grandes ciudades giran en torno a la vida de un río. Imposible pensar en Roma sin el Tíber, en Paris sin el Sena, en Londres sin el Támesis, en Nueva York sin el Hudson, en Sevilla sin el Guadalquivir.
Nosotros, a falta de uno, teníamos dos ríos. ¿Qué hicimos? Entubamos el preclaro río San Francisco que pasaba aquí mismo: desde aquí podríamos estarlo viendo si no lo hubiéramos ensuciado hasta desecarlo; y hemos vuelto negras y pestilentes las aguas del río Atoyac. Algunas de nuestras catátrofes naturales, los ríos y arroyos retomando su cauce a la brava, las hemos provocado nosotros.
Hace no mucho, teníamos el agua de una presa llamada Valsequillo que nuestros hijos no alcanzaron a conocer sino como algo negro que podríamos llamar hidrógeno, porque el oxígeno 2 lo perdió el lago por ahí de los años setenta del siglo pasado. Aniquilamos lo que otros construyeron con el esfuerzo y el estruendo y el costo de una obra mayor. Y así. El jardín de las Trinitarias lo convertimos en explanada y el arroyo de Xonaca en calle. Así. Por ejemplos no iba yo iba a parar.
Ni modo, dirían muchos: las ciudades crecen, el mundo progresa, la libertad de empresa conlleva desastres. ¡Aleluya! Vamos a decir que sí. ¿Y qué más?
Igual que la anterior generación se permitió tirar edificios bellísimos como el Palacio de Micieses y parte de la casa del Deán para construir monstruos como el cine Reforma y el cine Coliseo, nuestra generación se ha permitido ver cómo en sus narices una zona destinada a reserva ecológica se convirtió en centro comercial. Ni modo. Ya pasó así. Ya vimos grandes películas en esos cines y fuimos felices bajo esos adefesios, ya compramos con toda placidez en las nuevas tiendas, y vivimos bien en los fraccionamientos construidos sobre la tierra que se expropió barata a unos campesinos a los que no se invitó al negocio.
Hay esperpentos por todas partes, construidos con toda clase de esfuerzos. Lo mismo por los defensores de los ángeles que por los fieles de Zaragoza. Ahí están por un lado la iglesia del Cielo en el cerro de la Paz y por el otro el monumento de los cañoncitos en el fuerte de Loreto. Ahí están los ángeles de fibra de vidrio que asustan en el nuevo túnel y las unidades habitacionales señoreando el cielo con todos los tinacos negros que es posible poner juntos.
Hemos hecho mil barbaridades, nos hemos peleado al grado de que en 1909 había en la ciudad noventa clubes antirreleccionistas y en 1910 no pudo salir de entre ellos un candidato a gobernador por el nuevo régimen.
Es probable que hayamos empezado desde antes: en el siglo diecisiete un obispo hostilizó a las monjas que vivían encantadas en su conventos, sin que nadie las mangoneara, y no paró sino hasta rendirlas por hambre.
Y así. ¿Quién entregó a los hermanos Serdán? ¿Y quién a las monjas de Santa Mónica? ¿Quién ayudó a desbaratar el centro de la ciudad en los años cuarenta? ¿Y quién empezó la guerra entre la Universidad de Puebla y la otra mitad de Puebla, en los años sesentas? ¿Quiénes, con qué legitimidad, expropiaron los terrenos que están sobre esta avenida en lugar de invitar a sus dueños a unirse a un proyecto que no necesariamente estaba mal? ¿Quiénes?
Nosotros: poblanos de un lado y poblanos del otro.
Cómo y cuánto nos hemos peleado. Cuánto y cómo hemos destruido. …Para saberlo.
Pero también, por fortuna, es hora de decirlo, para eso estamos aquí el día de hoy, aunque yo parezca una tlacuila enviada por algún diablo para dibujar sólo nuestros errores, también cuánto y cómo hemos conseguido acordar. Eso también lo sabemos. ¿Quién construyó la fachada de San Francisco? ¿Quién la plaza de Santo Domingo? ¿Quién la fuente de San Cristóbal? ¿Quién el mercado de la Victoria? ¿Quién la estación del ferrocarril? ¿Quién la plazuela de los Sapos y el auge de los bazares? ¿Quién las fábricas de hilados y tejidos? ¿Quién la Biblioteca Palafoxiana? ¿Quién la laguna de San Baltasar? ¿Quién construyó el Carolino y quién lo recuperó y lo mantiene? ¿Quién el Teatro Principal? ¿Quién mantiene viva la vida en la avenida Reforma y en los nuevos ejes viales? ¿Quién arrulla con su fiebre a los volcanes y llena los nuevos bares y acoge a quienes llegan de otros sitios? Nosotros, también por fortuna, nosotros, poblanos de uno y otro lado. Poniéndonos de acuerdo, recordando nuestro origen y ocupándonos en mejorar nuestro destino. Creo que estamos a tiempo. Cuánto y cómo podemos reconstruir, recuperar, volver a fundar. Cuánto nos falta por hacer.
Puebla ha sido elegida patrimonio de la humanidad. No sin razón. Esta ciudad es una maravilla y a pesar nuestro, pero también por causa nuestra está llena de maravillas.
Sí hay razones para celebrar la fundación de esta ciudad, la rara fundación de una ciudad que no atropelló las construcciones y los templos de otras culturas para cimentar su esperanza, la voluntariosa fundación de una ciudad que desde sus orígenes fue un crisol y hasta la fecha está empeñada en serlo.
Hay en el aire de este lugar, en las historias que habla su gente, en la intensidad con que llegan a quererla quienes viven aquí sin haber nacido aquí, una extraña mezcla de mundos extraordinarios que inevitablemente tiene que servir para volver a la idea creadora, vital, generosa y alegre con que se fundó esta ciudad.
Gente venida de todas partes ha dejado aquí a sus hijos y al tesoro que fueron su vidas y ha enriquecido este lugar nuestro sembrándole árboles para invocar su bosques, construyendo iglesias y campanarios, fábricas, puentes, caminos.
A pesar de nuestra mala fama, tenemos una prodigiosa habilidad para integrar. Yo soy nieta de un emigrante y ¿cuántos aquí no lo somos? Hasta en la comida. Las chalupas tienen jitomate, puerco y maíz. Son una mezcla. Los tacos árabes, tienen carne y tortilla de harina, desde en el nombre está su mezcla. El mole y los chiles en nogada son la quinta esencia de nuestra enorme destreza para mezclar, integrar, crear alianzas.
No la desperdiciemos. Hagamos otra vez un acuerdo: esta ciudad no puede encaminarse sin remedio al desorden y la suciedad, a la devastación de su ambiente, la desaparición de sus parques, el descuido en sus necesidades de agua, el abandono de su gente más pobre en lugares a los que después resulte imposible llevar los servicios más elementales. No puede convertirse en el monstruo indomable que es ya la ciudad de México.
Puebla, de los ángeles, Puebla de Zaragoza, Puebla nuestra, merece que la tratemos con cuidado, merece que protejamos su centro histórico, su aire, la convivencia entre sus habitantes, sus parques, su agua, sus árboles, sus paisajes. Merece que seamos capaces de vivirla con regocijo, puestos todos los días en la búsqueda del mismo afán con que fue creada.
Dejemos pues que la belleza nos acompañe. Que la belleza nos acompañe no sólo a invocar nuestro pasado, sino a recrear y bendecir nuestro presente.



Con motivo del inicio de los festejos para celebrar los 475 años de la fundación de Puebla, en febrero de 2006, Ángeles Mastretta leyó este texto que ahora generosamente comparte con Puebla sin anuncios.




miércoles, 12 de septiembre de 2007

París no se construyó en un día


En su Exégesis de los lugares comunes (Acantilado, Barcelona, 2007) León Bloy se refiere al Burgués –así, con mayúsculas- como “el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que vive o parece vivir sin haber sentido un solo día la necesidad de comprender cosa alguna”. A partir de ésa cruda definición Bloy se dedica a lo largo del libro a desarmar con humor, ironía e inteligencia notables, los lugares comunes con los que el burgués intenta llenar los vacíos de su intelecto.

No resisto la tentación de transcribir su entrada XLIX:

París no se construyó en un día


"Es posible. No sé cuántos días habrán hecho falta para construir una ciudad tan grande, pero me parece bastante probable que hayan sido varios. Por lo demás, eso no tiene la menor importancia.

Lo que tiene importancia para el estudio moral y filosófico del Burgués es su deseo, continuamente expresado en esa forma, de que París no haya sido construido en un día. En esa frase hay algo que le atormenta. Podría pensarse que nada le es más indiferente. Pues bien, no. Si París hubiera sido construido en un día, este hombre estaría desesperado. Vería en ello un atentado casi inconfesable al espíritu prosaico, al poquito a poco, a la sosería; en fin, una especie de milagro.

La verdad, sin embargo, debe ser dicha. París, tal y como es hoy en día, con su millón de casas, evidentemente no ha podido ser construido en veinticuatro horas, sobre todo si se tiene en cuenta la estatua de Gambetta y el puente de Alejandro III, que pertenecen a esa clase de obras maestras que no se hacen deprisa y corriendo.

Sin embargo, este inmenso París tuvo un comienzo. Hubo un momento en que no había nada a las dos orillas del Sena y hubo otro momento, consecutivo al primero, en que empezó a haber algo, un techo de junco, una choza cualquiera hecha para durar. En ese preciso instante pude decirse, y debe decirse, que París estaba virtualmente, potencialmente y, por consiguiente, completamente construido. Y añado que debía ser mucho más hermoso, incomparablemente, inconmensurablemente, inimaginablemente más hermoso.
Pero, ¿cómo explicarlo?"

Razones para diseñar

No se ustedes pero a mi la publicidad me tiene asqueado, toda la publicidad pero sobre todo la gráfica. La contaminación visual, en mi ciudad al menos, ha llegado a niveles espeluznantes. Ya no es posible contemplar algún edificio o monumento turístico sin que haya cientos de estímulos basura queriendo captar tu atención.
En un solo crucero puedes encontrarte 4 o 5 espectaculares, 4 parabuses cada uno con 4 carteles en sus exhibidores de doble cara y otro anuncio en el respaldo de la banca. En cada poste de luz o telefono hay varios carteles pegados y 1 o 2 banners colgados. Tambien es probable que haya paredes retacadas con 4 o más “billboards” y si hay telefonos o uno de esos nuevos minibaños públicos también estarán tapizados de publicidad.
La recepción de estímulos al transitar por estas calles es similar a la de caminar en medio de un tianguis muy ruidoso donde todos los vendedores están tratando de gritar más fuerte que los demás desesperados por llamar tu atención. ¿Y que es lo que gritan? Babosadas. Vulgaridades. Bullshit. Mentiras.
Me molesta mucho el papel que tiene el diseño en la relación de toda esta porquería. Pero los culpables de todo son el capitalismo y la mercadotecnia. La mercadotecnia no es más que la ciencia que estudia qué mentiras contarle a quien y asegurarse de que se las crean. Así, el departamento de mercadotecnia de Axe nos cuenta la mentira de que usando su desodorante nos volveremos sementales irresistibles, nos la cuenta muy bonito y la repite una y otra vez hasta que nuestros débiles cerebros mediaidiotizados dejen de oponer resistencia y nos la creamos. Coca-Cola, mcDonalds, Nike y todos los partidos politicos hacen lo mismo, nos mienten con una sonrisa y a nosotros nos toca agachar la cabeza y asentir. La publicidad visual es un hijo bastardo del diseño y la mercadotecnia.
En épocas electorales este resentimiento se me acrecienta. Me enferma ver esos carteles con politicos encorbatados y sonrisa photoshopeada atribuyéndoles estúpidas frases cliché como: “Por un país mejor”,“Porque yo si soy de ley” que fueron ideadas por un grupo de creativos malpagados. Me molesta que esperen que les creamos sus buenas intenciones cuando sabemos que lo único que les interesa es el poder por el poder y el poder por el dinero. Y lo peor es que les creemos.
El diseño debería resolver problemas, comunicar mensajes, ayudar a construir un mundo mejor no cooperar activamente en la devastación de la conciencia colectiva. ¿Para que prostituirse de esa manera? ¿Donde está la ética y la conciencia social?

Armando Sosa


texto tomado de:
http://www.nolimit-studio.com/yosoysosa/archives/categorias/diseno_/razones_para_disenar.php

martes, 11 de septiembre de 2007


Y si no hay anuncios en las calles, ¿cómo nos vamos a enterar que vienen los Niños cantores de Viena, o que Blanca Alcalá quiere ser presidente municipal ?

Pues en los periódicos, en la televisión, en el radio. Se abriría una oportunidad para que éstos medios -y otros más especializados, como guías del tiempo libre y similares- dieran a conocer las ofertas de espectáculos que la ciudad ofrece. Por ejemplo.

Si el Siglo XXI se llena con los niños cantores, ¿cuántos van a estar ahí? ¿3,000 personas? muy bien. ¿Por qué 1,497,000 poblanos tenemos que sufrir los pendones promocionándolos dos meses antes en cada poste de la ciudad?

¿No es más razonable que haya un medio especializado en espectáculos donde nos podamos enterar de la visita de los prodigios austríacos? También para éso está el internet. Se entera quien tenga que enterarse y la ciudad entera no sufre la basura que conlleva una publicidad masiva no dirigida.

Lo mismo puede decirse de todos las demás cosas que se "ofrecen" en los anuncios urbanos.

lunes, 10 de septiembre de 2007

El capitalismo y la ética



por: Javier Sicilia


La prolongada laicización del mundo occidental ha terminado por hacer evidente la horrorosa sentencia de Nietzs-che: “Dios ha muerto”. Nunca, desde hace 20 siglos, ha existido una sociedad tan poco religiosa y creyente como la nuestra; nunca, por lo tanto –hay que ver lo que fue la barbarie del siglo XX y los inicios del XXI—, la frase de Dostoievski: “Si Dios ha muerto todo está permitido”, ha sido tan explícita en los actos. Quizá por eso ninguna época ha necesitado y ha hablado tanto de moral como la nuestra. En un mundo sin Dios, lo único que puede evitar la desmesura es –más allá de la religión– saber, dice Compte-Sponville, “lo que nos permitimos o no”. El mundo capitalista –esa monstruosidad que ha estado en la base del fascismo, del comunismo y del desarrollo armamentista, y la única que ha quedado en pie después de la caída del muro de Berlín– lo sabe, al grado que ha puesto de moda eso que se ha dado en llamar la “ética empresarial”. Desde entonces, una pléyade de consultores, contratados por las empresas, trabajan con ellas generando un conjunto de slogans de este tipo: “La ética mejora la imagen de la empresa, la calidad del producto o del servicio y, por lo tanto, las ventas”; “La ética en los negocios es una fuente de beneficios”. En síntesis, la ética es eficiente, la ética vende.Lo asombroso de todo esto es la perversión: por vez primera en la historia humana una virtud se vuelve rentable. En sus inicios, el capitalismo convirtió un vicio, el egoísmo, en virtud; ahora ha puesto la fuente de la virtud al servicio del egoísmo, disfrazando de generosidad lo que no lo es.Kant lo demostró: Ningún acto moral se realiza por interés. De lo contrario, el interés puede llevar, por motivos de utilidad –por ejemplo, maximizar el bien de la humanidad–, a legitimar la tortura de los niños, o como lo hicieron la Alemania nazi y el comunismo stalinista, a matar judíos y disidentes, o el liberalismo de Bush, a asesinar iraquíes o a clonar y a abortar. Es, por el contrario, el desinterés, la gratuidad, el amor al bien mismo lo que mueve el acto moral. El capitalismo y su fundamento, la empresa, al poner la ética al servicio de la eficiencia y la ganancia, la destruyen; y al acrecentar el capital de la única manera en que puede hacerse en un mundo limitado como el nuestro –mediante la explotación de materias primas, de seres humanos y la expansión del mercado–, genera despojo y miseria, lo que, debajo del disfraz de la ética, descubre su condición inmoral.No hay capitalismo moral.La prueba más clara es Marx. Lo que en el fondo intentó el creador de El Capital, cuyo pensamiento tiene la misma base económica que el capitalismo, fue moralizar la economía. Para ello era necesario que los hombres dejaran de ser egoístas y pusieran por encima de su interés la generosidad y el bien de todos. Pero como la economía moderna, aquella desde donde Marx pensó, se basa en el egoísmo, la competencia y el interés, era inevitable que el comunismo se volviera totalitario. En un mundo cuya base productiva es el egoísmo y el interés, la única forma de crear una moral es imponiéndola por la fuerza. El equívoco de las empresas y de la izquierda socialdemócrata, al estilo PRD, del panismo liberal, de la Iglesia, es creer, como lo creyó Marx, que se puede moralizar al demonio; que se puede reformar a Mammón y convivir con él. Olvidan que para que una moral exista es necesario que la base en la que se desarrolla sea moral. El capitalismo y sus empresas no lo son ni lo serán. Su fin es la ganancia y su medio la explotación y el despojo.Escapar de la miseria y crear una moral sólo es posible volviendo a los límites, y volver a los límites implica criticar la economía y repensarla en su sentido original de “cuidado de la casa” y de cultivo, como quería Gandhi, de la pobreza. Pero ¿quién hoy en día, obnubilado por el mercado y el capital, está dispuesto a eso?Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.
Publicado en Proceso, 9 de septiembre 2007

Hoy por ti


Si bien el problema de la publicidad exterior es algo que padecemos todo el año, en tiempos de campañas electorales el padecimiento se vuelve insufrible. Para colmo, nuevas formas de contaminar la ciudad son inventadas en aras de la "la comunicación social" y la "posibilidad de elegir", eufemismos con los que pretenden que nos traguemos las supuestas bondades de la publicidad y la propaganda.
La novedad de esta temporada la aporta el siempre creativo Antonio Grajales con éstos anuncios rodantes con los que amenaza "invadir" la ciudad. Aparte de contaminar visualmente, aportan más coches, más esmog, más tráfico, más contaminación del aire, más ruido, más enajenación.
Es obligado señalar la afortunada "coincidencia" del arranque de esta nueva plaga con las campañas electorales.
Hoy por ti mañana por mí.

La publicidad exterior destruye el carácter y la identidad de las ciudades.


A ver, ¿qué hace este anuncio tapando el Paseo Bravo, tapando la fuente que conmemora la fundación de la ciudad?
La fuente podrá ser criticada desde varios puntos de vista pero es un referente de la ciudad. Le da personalidad, forma parte de su carácter e identidad visual.
¿Para qué taparla?
¿Acaso es más importante saber que el SOAPAP instaló tomas de agua que verla?
La propaganda gubernamental degrada a la ciudad, tanto o más que la publicidad comercial.

sábado, 8 de septiembre de 2007

jueves, 6 de septiembre de 2007


En tiempos de transición –como este cambio de época en que vivimos-, el poder social del dinero sube hasta parecer el único.

En la España del siglo XV, por ejemplo, los judíos, siendo muy ricos, ocupaban uno de los lugares más bajos en la escala social; tan bajo que los expulsaron como apestados con todo y su dinero. Una pena: no sólo eran ricos, también eran inteligentes, lectores, estudiosos y trabajadores. España se perdió de su dinero y sobre todo de su talento. Y así nos fue. Algo así sería impensable hoy, donde el dinero acapara casi todo lo prestigioso, rivalizando, si acaso lejanamente, con la juventud y la fama. Un político corrupto, un narcotraficante, un estafador o un empresario transa, con tal de ser ricos, gozan de prestigio, de reconocimiento generalizado, de poder social. Y así nos va.

El poder social del dinero ha ido transformando nuestra idea de ciudad al pasar ésta de ser la casa común a convertirse en el escaparate de todos. Si la vemos bien es fea una ciudad así. Pero no la vemos bien pues somos hombres de nuestro tiempo, adoradores de la omnipotencia y omnipresencia del dinero; y su absurdo y su fealdad, o se nos hacen pasables o los vemos como algo que no puede ser de otra manera, pues siempre han estado ahí. Lo cierto es que no siempre ha estado la publicidad en las calles, vino con el auge del consumo, con el endiosamiento del dinero, con el vacío que deja toda transición.

Quizá por eso pueda sonar tan radical proponer el retiro de todos los anuncios públicos: desde los espectaculares en las alturas hasta los pendones en los postes pasando por los autobuses forrados y las vallas en las bardas. Es radical, claro que sí. Radicales debían de ser tantas y tantas decisiones pendientes por tomar en Puebla. Precisamente por serlo, atacan y resuelven de fondo los problemas. Por increíble que nos parezca, los baches siguen siendo tema en Puebla. Porque nada más “bacheamos”, no hacemos calles. Habría que preguntar a los habitantes de Sao Paulo cómo les va sin anuncios en las calles.

Retirar todos los anuncios ubicados en espacios públicos no sólo mejoraría visualmente la ciudad al reducir la contaminación visual. Reduciría los niveles de angustia y depresión, alarmantes ya por el bombardeo continuo de anuncios que nos proponen lo que no podemos –ni debemos, muchas veces,- comprar.

miércoles, 5 de septiembre de 2007



Veo las fotos en el blog y claro, al cerrar la mirada, la basura se concentra y la ciudad se ve peor, mucho peor.


¿Se vale que me preocupe este asunto?


Hay personas que no tienen agua, ni drenaje, mucho menos calles o un camión de basura que se acuerde de ellas. Y yo con mis anuncios, la contaminación visual, la enajenación de la sociedad de consumo. ¿Se vale?
No lo sé.


Como a mí me llega agua y todos los otros servicios, me puedo fijar en algo banal, superfluo, como la contaminación !visual¡ que ni calienta la atmósfera ni produce niños con seis dedos ni agrava el enfisema.


El caso es que sí, me molesta profundamente. Estoy seguro que nos daña mucho más allá de lo que nos podemos dar cuenta.

Pero si alguien lee este blog que me diga si le parece válida la denuncia o es un capricho burgués.

martes, 4 de septiembre de 2007

Modos de ver, John Berger


Si bien el alcalde de Sao Paulo fundamentó su decisión de prohibir toda publicidad exterior en argumentos ambientalistas, también es cierto que sobran argumentos contra la publicidad en sí misma.

Iré transcribiendo textos sobre el tema, por ahora este fragmento del capítulo siete de "Modos de ver" de John Berger, que no tiene desperdicio:


"En las ciudades en que vivimos, todos vemos a diario cientos de imágenes publicitarias. Ningún otro tipo de imagen nos sale al paso con tanta frecuencia.

En ningún otro tipo de sociedad de la historia ha habido tal concentración de imágenes, tal densidad de mensajes visuales.

[…] Normalmente, se explica y justifica la publicidad como medio competitivo que beneficia en último término al público y a los fabricantes más eficientes… y con ello a la economía nacional. Está estrechamente relacionada a ciertas ideas sobre la libertad: libertad de elección para el comprador, libertad de empresa para el fabricante.

Es cierto que, con la publicidad, una rama de la industria, una empresa, compite con otra; pero es cierto también que toda imagen publicitaria confirma y apoya a las demás. La publicidad no es simplemente un conjunto de mensajes en competencia; es un lenguaje en sí misma, que se utiliza siempre para alcanzar el mismo objetivo general. Dentro de la publicidad, se ofrece la posibilidad de elegir entre esta crema y aquella crema, entre este coche y aquel coche, pero la publicidad como sistema hace una sola propuesta. Nos propone a cada uno de nosotros que nos transformemos, o transformemos nuestras vidas, comprando alguna cosa más.

Este algo más, nos dice, los hará más felices de alguna manera, aunque en realidad nos frustremos más por no poder comprar ni remotamente todo lo que nos ofrece.

La publicidad nos convence para que realicemos tal transformación mostrándonos personas aparentemente transformadas y, como consecuencia de ello, envidiables. La fascinación radica en ese ser envidiado. Y la publicidad es el proceso de fabricar fascinación.

Conviene no confundir la publicidad con el placer o los beneficios derivados del uso de las cosas que se anuncian. La publicidad es efectiva precisamente porque se nutre de lo real. Ropas, alimentos, coches, cosméticos, baños, sol, son cosas reales y deseables por sí mismas. La publicidad empieza por actuar sobre los apetitos naturales. Pero no puede ofrecer el objeto real del placer y no hay sustituto convincente para un placer en los términos propios de ese placer. Cuanto más convincentemente transmite la publicidad el placer de bañarse en un mar cálido y distante, más consciente será el espectador-comprador de que se encuentra a cientos de kilómetros de ese mar y más remota le parecerá la posibilidad de bañarse en él. Por eso la publicidad nunca puede centrarse realmente en el producto o en la oportunidad que propone al comprador que no disfruta todavía de ella. La publicidad nunca es el elogio de un placer en sí mismo. La publicidad se centra siempre en el futuro comprador. Le ofrece una imagen de sí mismo que resulta fascinante gracias al producto o a la oportunidad que se está intentando vender. Y entonces, esta imagen hace que él envidie lo que podría llegar a ser. Sin embargo, ¿qué hace envidiable este “lo-que-yo-podría-ser”? La envidia de los demás. La publicidad se centra en las relaciones sociales, no en los objetos. No promete el placer, sino la felicidad: la felicidad juzgada tal por los otros, desde fuera. La felicidad de que lo envidien a uno es fascinante.
Ser envidiado es una forma solitaria de reafirmación, que depende precisamente de que no compartes tu experiencia con los que te envidian. Eres observador con interés, pero tú no observas con interés, pues si lo hicieras, resultarías menos envidiable. En este sentido, los envidiados son como los burócratas: cuanto más impersonales son, más grande es su ilusión de poder. El poder de la fascinación reside en su supuesta felicidad; el poder del burócrata, en su supuesta autoridad. Esto explica la mirada ausente, perdida, de tantas imágenes fascinantes. Miran por encima de las miradas de envidia que las sostienen.

Se induce a la espectadora-compradora a envidiar lo que llegará a ser si compra el producto. Se la induce a imaginarse transformada, por obra y gracia del producto, en objeto de la envidia ajena, envidia que justificará entonces su amor hacia sí misma. En otras palabras: la imagen publicitaria le roba el amor que siente hacia sí misma tal cual es, y promete devolvérselo si paga el precio del producto."



John Berger, Modos de ver, Ed. Gustavo Gili, Barcelona, fragmentos del capítulo 7.




viernes, 31 de agosto de 2007

Sao Paulo, ciudad sin anuncios

Por: David Evan Harris


Sao Paulo, la cuarta ciudad más grande del mundo y la más importante de Brasil, se convirtió este año en la primera ciudad fuera del mundo comunista en poner en práctica una prohibición radical a toda publicidad exterior. Conocida por un lado por ser la capital comercial del país y por el otro por sus elevados niveles de violencia, criminalidad y pobreza extrema, la “Lei Cidade Limpa” o ley de ciudad limpia fue un éxito inesperado para los habitantes de la ciudad en parte debido a la extraordinaria energía mostrada por su alcalde, el conservador Gilberto Kassab.
Principal impulsor de la medida, Kassab calmó la rebelión de la industria de la publicidad con la ayuda de aliados fundamentales entre las elites de la ciudad. En varias ocasiones Kassab declaró que no tiene nada contra la publicidad en sí misma, solamente contra sus excesos: “La ley de ciudad limpia vino de la necesidad de combatir la contaminación… contaminación del agua, del aire, sonora y visual. Decidimos entonces que debíamos empezar a combatir la contaminación en el sector más evidente: la contaminación visual, ” explicó Kassab.
Desde entonces anuncios espectaculares, pantallas gigantes de video, anuncios en autobuses, pendones en los postes y otros tipos de publicidad exterior han sido eliminados rápida y totalmente. Hasta el volanteo se ha vuelto ilegal en espacios públicos y nuevos reglamentos han reducido rigurosamente las dimensiones de los letreros que cada tienda o local comercial puede mostrar en su fachada.
En el afán de Sao Paulo por limpiar su paisaje el Ayuntamiento local ha emitido multas por cerca de ocho millones de dólares desde que la ley entró en vigor.
Un gran perdedor en la medida ha sido Clear Channel Communications. Nuevo en el mercado brasileño, la compañía había comprado una subsidiaria junto con los derechos para participar sustancialmente del mercado brasileño de publicidad exterior. Semanas antes de la prohibición, Clear Channel lanzó una campaña apoyando la publicidad exterior con slogans desesperados que no llegaron a impactar a los ciudadanos de Sao Paulo: “Hay una nueva película en los espectaculares -¿cuáles espectaculares? La publicidad exterior es cultura”.
A pesar de los retos legales planteados por las empresas que no han retirado sus anuncios en la calle, se han retirado más de 15,000 anuncios, lo cual le da una apariencia como de campo de batalla a la ciudad, con las marquesinas vacías, marcos y anuncios a medio desmontar y fachadas recién pintadas.
Aunque todavía es difícil predecir si esta medida podrá ser replicada en otras ciudades del mundo, es un hecho que en Sao Paulo el éxito es rotundo: las encuestas muestran que la medida ha sido muy popular entre los habitantes, con una aprobación superior al 70%.
A pesar del materialismo y del consumismo imperantes, de la enorme violencia que azota la ciudad y de otras fuentes de contaminación que la amenazan, estos problemas se irán desarrollando al menos en un entorno visual mucho más agradable.





Publicado en Adbusters, número 73, septiembre octubre de 2007
Traducción: José Luis Escalera

martes, 28 de agosto de 2007

Caribe añorado


por José Luis Escalera


Cuando veo en la tele las imágenes de los huracanes destrozando implacables todo lo que se cruza en su camino no puedo dejar de sentir envidia por las ciudades que abaten puntuales año con año. ¿Por qué no llegarán los huracanes al altiplano mexicano? Un Katrinazo en Puebla, me digo, de seguro acaba con los anuncios espectaculares, esa modalidad del horror que el consumismo, el mal gusto y el dineral que producen han hecho omnipresentes en Puebla.
No pierdo las esperanzas de que algún improbable nieto un día se compadezca de mi cuando descubra en alguna vieja foto del 2007 que su abuelo veía el azulísimo cielo poblano entre anuncios de cinemark, gobernadores-preciosos-besando-viejitos, cementos-tolteca y toños-sánchez-para-alcalde (si es un anuncio exclusivo para los militantes activos de su partido, ¿por qué a todos los demás nos tiene que tapar también la vista?) como yo compadecí al mío hace pocos días cuando una afortunada remodelación de los portales me descubrió con horror que los fantásticos menjules que le preparaba Agustín los tomaba bajo anuncios pintados en las trabes portaleras que le taladreaban mejor-mejora-mejoral,bonos-del-ahorro-nacional, joyería-la-princesa. Al fondo, supongo, la vista de los fresnos del zócalo y la cúpula entalaverada y palafoxiana le daban ánimos para no amargarse la vida y poder conversar con sus amigos de cómo quitar ésos horribles anuncios y otros más que afortunadamente ya no se ven en el centro, entonces la única Puebla que había. Y no las pierdo porque ver la Malinche sin estorbos desde la ciudad antigua y limpia de anuncios también me anima a pensar y platicar con los pocos amigos que me quedan y soportan mi rollo que algún día los anuncios espectaculares –y los anuncios banqueteros, los de los camellones y los parques, los de las esquinas y los postes, los de las bardas, ¡los de los árboles¡, todos los anuncios que arruinan los espacios públicos, el cielo incluido- ya no los sufrirán nuestros improbables nietos.
Y es que si el centro se salvó de los anuncios porque hasta la estupidez parece tener límites, y eso a veces, el resto de la ciudad no corre con tanta suerte: ni la UNESCO ni nadie en su juicio declarará patrimonio de nadie la torre del milenio ni los centros comerciales que crecen como ventosas por todos sus alrededores. Entonces llenar ahí todo espacio con anuncios parece no atentar contra nadie. Sólo contra nosotros mismos. Sin apelar a instancia externa alguna, sólo porque queremos vivir en una ciudad limpia desde la que se puedan ver los volcanes y las nubes, el cielo y los camellones con pasto, nuestras casas y edificios tal cual, por feos que sean, quitemos los anuncios. Todos. No seríamos los primeros, hay ciudades y hasta estados completos en Europa y los E.U. que prohíben los anuncios. Sao Paulo, la cuarta ciudad más grande del mundo, lo hizo el año pasado y hasta nuestro Distrito Federal, ejemplo de lo que no hay que hacer en tantos temas de urbanismo, está metido fuerte en el tema: ya no se ven estos monstruosos anuncios en el anillo periférico. Hay que verlo para creerlo. Y gozarlo.
Es posible, me digo y les digo a mis amigos, si con suerte, mejores poblanos y mejores políticos nos proponemos recuperar la ciudad con su paisaje, las vistas a los volcanes, la paz que un sencillo muro encalado y un jardín con pasto proporcionan.
Pero los omnipresentes anuncios no se pueden tapar con un plafón, estamos salados, los mejores políticos no se vislumbran ni el desastre ambiental hará que entren huracanes a Puebla.