Puebla sin anuncios

En este espacio propongo algo sencillo: quitar todos los anuncios, toda la publicidad de las calles de Puebla.

Alrededor de esta propuesta hay una idea de ciudad, de lo que quisiera que fuera esta ciudad en la que nací y vivo. Estoy recabando textos, ideas e imágenes para pensar con otros la ciudad. Lo que debiera ser una ciudad. Lo que queremos que sea Puebla y lo que no queremos para ella.

Hay mucho qué decir, anímate: decirlo ya es hacerlo real.


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Si tienes un texto que quisieras publicar en el blog mándamelo y lo subo de inmediato. Sólo que de plano a mi juicio no venga al caso no lo subiré. De otra manera aquí lo verás, digas lo que digas.



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José Luis Escalera



No hay anuncios en Sao Paulo, Brasil

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martes, 28 de agosto de 2007

Caribe añorado


por José Luis Escalera


Cuando veo en la tele las imágenes de los huracanes destrozando implacables todo lo que se cruza en su camino no puedo dejar de sentir envidia por las ciudades que abaten puntuales año con año. ¿Por qué no llegarán los huracanes al altiplano mexicano? Un Katrinazo en Puebla, me digo, de seguro acaba con los anuncios espectaculares, esa modalidad del horror que el consumismo, el mal gusto y el dineral que producen han hecho omnipresentes en Puebla.
No pierdo las esperanzas de que algún improbable nieto un día se compadezca de mi cuando descubra en alguna vieja foto del 2007 que su abuelo veía el azulísimo cielo poblano entre anuncios de cinemark, gobernadores-preciosos-besando-viejitos, cementos-tolteca y toños-sánchez-para-alcalde (si es un anuncio exclusivo para los militantes activos de su partido, ¿por qué a todos los demás nos tiene que tapar también la vista?) como yo compadecí al mío hace pocos días cuando una afortunada remodelación de los portales me descubrió con horror que los fantásticos menjules que le preparaba Agustín los tomaba bajo anuncios pintados en las trabes portaleras que le taladreaban mejor-mejora-mejoral,bonos-del-ahorro-nacional, joyería-la-princesa. Al fondo, supongo, la vista de los fresnos del zócalo y la cúpula entalaverada y palafoxiana le daban ánimos para no amargarse la vida y poder conversar con sus amigos de cómo quitar ésos horribles anuncios y otros más que afortunadamente ya no se ven en el centro, entonces la única Puebla que había. Y no las pierdo porque ver la Malinche sin estorbos desde la ciudad antigua y limpia de anuncios también me anima a pensar y platicar con los pocos amigos que me quedan y soportan mi rollo que algún día los anuncios espectaculares –y los anuncios banqueteros, los de los camellones y los parques, los de las esquinas y los postes, los de las bardas, ¡los de los árboles¡, todos los anuncios que arruinan los espacios públicos, el cielo incluido- ya no los sufrirán nuestros improbables nietos.
Y es que si el centro se salvó de los anuncios porque hasta la estupidez parece tener límites, y eso a veces, el resto de la ciudad no corre con tanta suerte: ni la UNESCO ni nadie en su juicio declarará patrimonio de nadie la torre del milenio ni los centros comerciales que crecen como ventosas por todos sus alrededores. Entonces llenar ahí todo espacio con anuncios parece no atentar contra nadie. Sólo contra nosotros mismos. Sin apelar a instancia externa alguna, sólo porque queremos vivir en una ciudad limpia desde la que se puedan ver los volcanes y las nubes, el cielo y los camellones con pasto, nuestras casas y edificios tal cual, por feos que sean, quitemos los anuncios. Todos. No seríamos los primeros, hay ciudades y hasta estados completos en Europa y los E.U. que prohíben los anuncios. Sao Paulo, la cuarta ciudad más grande del mundo, lo hizo el año pasado y hasta nuestro Distrito Federal, ejemplo de lo que no hay que hacer en tantos temas de urbanismo, está metido fuerte en el tema: ya no se ven estos monstruosos anuncios en el anillo periférico. Hay que verlo para creerlo. Y gozarlo.
Es posible, me digo y les digo a mis amigos, si con suerte, mejores poblanos y mejores políticos nos proponemos recuperar la ciudad con su paisaje, las vistas a los volcanes, la paz que un sencillo muro encalado y un jardín con pasto proporcionan.
Pero los omnipresentes anuncios no se pueden tapar con un plafón, estamos salados, los mejores políticos no se vislumbran ni el desastre ambiental hará que entren huracanes a Puebla.

1 comentario:

Anónimo dijo...

De acuerdísimo, ¿qué podemos hacer para entrar en acto? (aunque ya la denuncia es uno, ¿pero además?)