Puebla sin anuncios

En este espacio propongo algo sencillo: quitar todos los anuncios, toda la publicidad de las calles de Puebla.

Alrededor de esta propuesta hay una idea de ciudad, de lo que quisiera que fuera esta ciudad en la que nací y vivo. Estoy recabando textos, ideas e imágenes para pensar con otros la ciudad. Lo que debiera ser una ciudad. Lo que queremos que sea Puebla y lo que no queremos para ella.

Hay mucho qué decir, anímate: decirlo ya es hacerlo real.


Escribe tus comentarios directamente en cada texto del blog.

Si tienes un texto que quisieras publicar en el blog mándamelo y lo subo de inmediato. Sólo que de plano a mi juicio no venga al caso no lo subiré. De otra manera aquí lo verás, digas lo que digas.



Si quieres comunicarte directamente conmigo mi dirección de correo es escalera@profetica.com.mx


José Luis Escalera



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domingo, 25 de enero de 2009

Ciudadanos vs consumidores

Antes me gustaba Puebla, la gozaba y hasta la presumía. Pero Puebla y yo cambiamos con lo que de algunos años a la fecha la relación se ha vuelto de frustración, desencanto y desesperación. Ya se sabe que los occidentales tendemos a recordar el pasado idealizándolo bajo la luz dorada de la nostalgia. Es seguro que esta no será la excepción. Sin embargo en Puebla el recuento de daños confirma que mi desencanto no solamente es causado por el contraste entre lo que veo hoy y lo que recuerdo de mi infancia sino la constatación de lo fea que hoy en día es Puebla. Esto cada día me pesa más y empieza a dolerme.

La conocida impericia, el mal gusto, el amor por el dinero ajeno y el inefable espíritu arribista de nuestros políticos profesionales explican en parte el deterioro pero el tema me angustia hasta el dolor cuando veo que se trata de un fenómeno más profundo y propio de este cambio de época que nos toco vivir no sólo en Puebla sino en muchas zonas de la aldea global, así las tercermundistas sean las que lleven la peor parte.

Digamos que la ciudad pasó de ser el lugar donde aprendemos, crecemos, trabajamos y jugamos a ser el espacio donde consumimos. La ciudad como tienda contra la ciudad como casa. El individualismo consumista actual se gestó en la mente del habitante de la ciudad ilustrada del siglo XVIII pero no llegó a los extremos de indiferencia, distancia y aislamiento de hoy hasta que la abundancia de la sociedad industrial no necesitara reforzarlo con lo que se conoce como consumismo, esa práctica omnipresente y odiosa que de unos años a la fecha parece venir ya inscrita en nuestro código genético y que nos condena a ver la vida bajo el único prisma del tener y del comprar, convenciéndonos que la propiedad confiere categoría y la riqueza es fuente única de virtud. La nueva ciudad consumista tiene sus grandes aliados, la televisión uno de los más eficaces. La TV desde los años sesenta nos viene diciendo de manera insistente: compra, la vida es un acumulado de cosas, acciones y experiencias que debes consumir. Andar en bicicleta cuando niño y hacer el crucero a la Patagonia cuando tus bodas de oro, toda tu vida está llena de oportunidades de consumo, no las desperdicies. Origen y fin, productor de sentido, paz y serenidad, comprar será el único mandamiento fielmente seguido por las grandes mayorías de la sociedad contemporánea. Así como la iglesia católica se preciaba de acompañarnos con un sacramento para cada momento clave de nuestra vida –nacimiento, desarrollo, elección de pareja, enfermedad y muerte, todos ellos inmersos en la omnipresente culpa- el consumismo se instala en nuestra cotidianeidad y no nos deja ni tomar un café sin convertirlo en una experiencia según la moda del momento. Todo pasa ya por el consumo y está codificado por estilos de vida que imitamos voluntaria y gozosamente para adquirir una identidad y pertenecer. De la filosofía que consagra la duda como método de conocimiento (yo solo se que no se nada) pasamos a los slogans de un marketing lleno de certezas vacías (soy totalmente palacio).

Padeciendo de “ansiedad por el estatus” vivimos una opulenta pero precaria vida dentro de un nicho de mercado buscando ascender a segmentos más envidiados del territorio VIP que nos tocó habitar y del que tememos ser expulsados como si del paraíso se tratara.

Este brutal cambio de paradigma llevado a lo que conocemos como ciudad me parece que explica algunas atrocidades ocurridas en la poblana, desde los anuncios espectaculares que refuerzan y consolidan la idea de la ciudad como gran centro comercial hasta la inexistencia de parques y espacios públicos que harían posible los encuentros significativos entre personas que prefieren conversar, aprender y jugar en comunidad que llegar a su casa a sentarse pasivamente en silencio y solitario a ver lo que la televisión tiene que venderles hoy.

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