Puebla sin anuncios

En este espacio propongo algo sencillo: quitar todos los anuncios, toda la publicidad de las calles de Puebla.

Alrededor de esta propuesta hay una idea de ciudad, de lo que quisiera que fuera esta ciudad en la que nací y vivo. Estoy recabando textos, ideas e imágenes para pensar con otros la ciudad. Lo que debiera ser una ciudad. Lo que queremos que sea Puebla y lo que no queremos para ella.

Hay mucho qué decir, anímate: decirlo ya es hacerlo real.


Escribe tus comentarios directamente en cada texto del blog.

Si tienes un texto que quisieras publicar en el blog mándamelo y lo subo de inmediato. Sólo que de plano a mi juicio no venga al caso no lo subiré. De otra manera aquí lo verás, digas lo que digas.



Si quieres comunicarte directamente conmigo mi dirección de correo es escalera@profetica.com.mx


José Luis Escalera



No hay anuncios en Sao Paulo, Brasil

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domingo, 23 de septiembre de 2007

El nuevo siglo mexicano

Juan Villoro


Corre el rumor de que este siglo traerá muchas novedades. Sin embargo, por razones difíciles de precisar, parece que México seguirá poblado de mexicanos.

Aunque el futuro ponga más anuncios en el periférico y más aparatos en Mega-Electra, es difícil que cambiemos de carácter.

En su granítica esencia, el mexicano desafía a quienes creen que el genoma humano es modificable. ¿Cómo alterar a un pueblo que nunca se ha dejado influir por la evidencia?

Los mexicanos creemos que:

a) La piedra pómez es un instrumento de limpieza.
b) Recibir toques eléctricos divierte.
c) Las sábanas no deben cubrir toda la cama.
d) La arquitectura es el arte de sostener tinacos.
e) El picante saca gotas de sudor en la coronilla porque es sabroso.
f) Las corcholatas son rondanas.
g) Lo dulce califica como "postre" si produce un shock diabético.
h) Una lonchería se decora con dos televisiones encendidas.
i) Los anuncios espectaculares sirven para esconder la ciudad.
j) Al romper algo hay que decir "se descompuso".
k) Un viajero sólo entiende que ya llegó si lo reciben cinco parientes juntos.
l) El maquillaje es una rama de la pintura al óleo.
m) Los semáforos sugieren algo abominable.
n) Para insultar con educación hay que empezar diciendo: "con todo respeto..."
o) El tequila es un elíxir para entrenar cantantes.
p) El cine se inventó para estimular conversaciones que no tienen que ver con la película.
q) Un autobús es cómodo si exhibe películas de karate.
r) Las vulcanizadoras son centros recreativos para perros.
s) El forro de hule no sirve para proteger a un sofá sino para adornarlo.
t) Mil nadadores caben en una alberca olímpica.
u) Un buen caramelo demuestra que los dientes son prescindibles.
v) El destino nos debe una.
w) Somos lo máximo.

Ni los embates del tiempo ni las influencias extranjeras han logrado incidir en nuestra caprichosa forma de ser. Resultaría simplista afirmar que estamos conformes con nuestra personalidad. El autoescarnio es uno de nuestros sellos (hacer algo "a la mexicana" o "a valor mexicano" nunca es positivo) y nuestra alegría suele depender del nerviosismo: la risa nos gana en situaciones muy comprometedoras.

Una nación que sabe sonreír en los naufragios está bien equipada para recibir el siglo XXI.

Aunque aún no dominamos la ciencia de revisar los frenos de los microbuses, ni la más importante de revisar a los choferes, sería raro que nos atropelláramos hasta el exterminio.
Hay mexicanos para rato. Aunque destacamos en actividades que demandan soledad y sufrimiento (la caminata, las carreras de fondo, el box, la literatura, el canto a capella mientras se lava la ropa), seguiremos buscando el jolgorio colectivo. Nada impedirá que nos empeñemos en cantar a coro "En el tren de la ausencia me voy..." hasta que una reacia estrofa obligue a decir:

­Mejor una que nos sepamos todos.

El canto espontáneo y omnipresente será el nuevo vínculo tribal de los mexicanos. El siglo XXI será estruendoso o no será. Los exaltados monaguillos y los trémulos protagonistas del Teletón, los electricistas canoros en lo alto de sus postes y los lecheros que silban con barroco afán, los choferes de triple claxon y los cilindreros que entristecen las plazas, todos contribuirán a que la realidad alcance el estruendo que preconiza nuestro himno. Un país de entusiastas no necesariamente afinados, que cantará sus penas con descaro. El narcotráfico se consolidará como el más musical de los actos delictivos y la onda grupera tendrá nuevos evangelistas de las avionetas que llevan droga. Los restaurantes amenizarán sus domingos con órganos melódicos o estudiantinas.

Evoco esta patria musical en mi última columna de "Domingo breve". El nuevo siglo invita a tomar otros trenes. Sin embargo, a diferencia de lo que afirma la canción, espero que el mío sí tenga regreso.


"Domingo breve", publicado en La Jornada Semanal el 2 de enero de 2000.

1 comentario:

Soy mi veneno dijo...

Dice John Berger en el capítulo 7 de Modos de ver (texto que por cierto estaba inicialmente en el blog y que no veo más): "Dentro de la publicidad, se ofrece la posibilidad de elegir entre esta crema y aquella crema, entre este coche y aquel coche, pero la publicidad como sistema hace una sola propuesta"

La única propuesta publicitaria posible es "compra" lo que sea pero consume. Sí, en ese sentido prefiero ver las casas feas o los tinacos de la ciudad. Y me sumo a Op oloop: elijo ser una viejita apocalíptica, sin duda.